Ganar un premio. Primera parte

Hay un párrafo de Gabriel Zaid que evoco a menudo. Dice así:

Para el joven Salvador Elizondo, que estaba indeciso entre dedicarse a escribir, pintar o hacer películas […], fue decisivo recibir el Premio Villaurrutia 1965 por su primera novela (Farabeuf o la crónica de un instante), a los 33 años. A partir de ahí, se consagró a las letras. El premio fue importante también para su editor. Joaquín Díez-Canedo, que acababa de fundar la editorial Joaquín Mortiz (en 1962) y había apostado por la calidad del libro, a sabiendas de que no sería un bestseller. También fue importante para las letras mexicanas: amplió sus horizontes con una novela que llamó la atención internacional (fue traducida a cinco idiomas). Y fue bueno para los lectores que, sin el premio, nunca se hubieran enterado.

Zaid escribió estas líneas a propósito de la polémica suscitada por el Premio Xavier Villaurrutia 2012, concedido fraudulentamente a Sealtiel Alatriste. Y lo hizo, desde luego, en defensa de los premios honestos y bien organizados, que pueden llegar a “ser creadores” y, como se desprende de los ejemplos citados, también pueden llegar a revitalizar la cultura o las tradiciones literarias –imaginen que Elizondo, desanimado, hubiera decidido dedicarse a otra cosa y no a las letras.

cartel_convocatoria_2013_LGRecientemente obtuve el Premio Nacional Luis González y González a la mejor tesis de licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades. Es la primera vez que obtengo un premio, y aunque no equiparo este galardón con el Villaurrutia (son premios de naturaleza muy distinta), ni me comparo, siquiera remotamente, con Elizondo, sospecho que esta distinción tendrá en mí un efecto similar al que tuvo el Villaurrutia de 1965 en el irresoluto autor de Farabeuf.

¿Qué significa ganar un premio? O, mejor dicho, ¿qué significa para mí ganar este premio? Ante todo, un espaldarazo. Y una especie de resurrección. Que un jurado al que no conozco, integrado por especialistas de universidades en las que no estudié, haya reconocido mi trabajo en un certamen nacional, es muestra de que he avanzado, cuando menos en un nivel elemental –pero indispensable–, en un proyecto personal que concebí hace algún tiempo: convertirme en un tipo capaz de observar, comprender y criticar la realidad que lo rodea.

Sinceramente, pensé que ya me había estancado en ese proyecto. Desde que tengo que ganarme la vida trabajando como asalariado, mis lecturas se han reducido dramáticamente, y con ellas las posibilidades de refinar mis capacidades analíticas. Dicho de otro modo, temí encontrarme al borde del embrutecimiento –lo cual quizá sea parcialmente cierto: si supieran cuántos ensayos he abortado por malhechos en estos últimos meses se irían de espaldas.

Pero que una investigación (que pronto será mi primer libro) a la que dediqué tiempo y esfuerzo, en la que me esmeré hasta en sus detalles más insignificantes, haya sido reconocida por encima de otras 82 investigaciones (varias de ellas de muy buen calado, según palabras del coordinador del premio), es prueba fehaciente de que poseo algunas de las habilidades indispensables para convertirme en lo que me quiero convertir. El significado de la palabra “espaldarazo”, precisamente: “Reconocimiento de la competencia o habilidad suficientes a las que ha llegado alguien en una profesión o actividad”. Espaldarazo que conlleva el renacimiento de ciertas aspiraciones a las que veladamente, inconscientemente, había renunciado. El renacimiento de una parte de mí.

Que necesito confiar más en mí mismo y organizarme mejor para aprovechar las escasas horas libres de que dispongo es algo que no puedo rebatir. Pero tal vez sólo el premio (o un estímulo similar a la obtención del premio) era capaz de sacarme del letargo.

Me dice el jurado que esta distinción es un “paso importante” en mi “carrera académica”. Dudo que algún día haga una carrera académica. No me visualizo –por temperamento y por las nulas oportunidades de crecimiento laboral que ofrece la academia hoy día– en un cubículo universitario a tiempo completo. Pero la crítica de la realidad no depende de la academia ni nace necesariamente en ella. Son tantos los casos que corroboran esta afirmación que ni falta hace enlistarlos. Y en ese sentido, en el de la construcción de una voluntad y de una capacidad para el análisis y la crítica, este premio constituirá, seguramente, un paso muy importante.

 

Ramsés L.

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Los libros y el metro. Inventario del inframundo I

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Viajo casi a diario en el metro. Son viajes largos, de más de una hora, de ida y vuelta, de punta a punta. Recorro, en total, cuarenta estaciones, repartidas en dos líneas diferentes. Antes de abordar la primera línea debo tomar un bus que me lleve a la estación más próxima, y cuando, por la tarde o por la noche, vuelvo a ese mismo punto, tomo otro bus que me acerque a casa. Entonces camino.

Son viajes largos.

En el transporte público, uno puede ver muchas cosas –o no ver nada. Hay tanta gente, hay tanta prisa y tanto estrés en el aire, que a veces uno opta por encerrarse en sus propios pensamientos, aislarse con ayuda de un par de audífonos o dar la espalda al mundo entero cotilleando a través de un celular. Los más afortunados –es decir, aquellos que alcanzan asiento en el bus o en el metro– prefieren dormir. Hay que aprovechar las escasas oportunidades que se presentan para descansar.

En parte para sacar algún provecho de mis viajes, en parte para no convertirme en un autómata del montón, he decidido trazarme un itinerario y ser un poco más observador. Quiero comenzar observando a los lectores –porque, por extraño que parezca, los lectores también habitan en los vagones del metro. No me interesan, sin embargo, los que leen basura (ya saben, superación personal, guías para alcanzar el éxito en el matrimonio o los negocios, esoterismo, novelas de templarios o de adolescentes infatuados). Ésos abundan y difícilmente se interesan por algo que no esté en la mesa de best-sellers de Sanborn’s.

Por el contrario, mi objetivo son quienes leen buenos libros o cuando menos títulos poco convencionales. Porque, fuera de la línea 3 (donde se transportan los universitarios), esos lectores son rarísimos. ¿No sería interesante hacer un inventario de esas lecturas y de sus respectivos lectores?

Ayer vi a un chico que leía Invisible Monsters Remix, de Chuck Palahniuk. El tipo tendría unos 22 años, barba rala y castaña (como su cabello), delgado, con jeans de mezclilla azules y sudadera a rayas horizontales de color gris y vino. Tenía toda la pinta de ser universitario y seguramente estudiaba Letras Inglesas –porque miren que leer a Palahniuk en inglés, y en hora pico… El muchacho estaba embebido en su lectura. Ni el transbordo ni el vagón repleto lo separaron del buen Chuck.

Hace algunas semanas vi también a una chica que leía El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Era bajita y regordeta; su cabello, negro y lacio, ligeramente opaco, caía sobre sus hombros, y además usaba lentes y llevaba sus jeans de mezclilla azul claro muy ajustados. La vi de refilón, mientras esperaba el tren, pero de inmediato identifiqué su libro: era la misma edición de El guardián que yo leí el año pasado.

Por supuesto, en mis viajes no han faltado quienes leen a Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Saramago y Gabriel García Márquez, pero como no recuerdo los títulos de los libros ni tampoco los rasgos particulares de los lectores, los omitiré de esta lista. Espero volver a encontrarlos más adelante, y entonces sí tomar nota para continuar nutriendo este inventario.

Seguiré reportando.

 

Ramsés L.

La literatura y la edición como un juego

Guadalupe Nettel, por Daniel Mordzinski
Guadalupe Nettel, por Daniel Mordzinski

Y bien, mi primera publicación del año: una reseña de Bogotá 39. Retratos y autorretratos, compilado por el mítico Daniel Mordzinki (“el fotógrafo de los escritores”) y publicado por Almadía en agosto del año pasado. Aquí un fragmento de mi reseña:

Juego es, precisamente, la palabra que mejor expresa a Bogotá 39. No una colección de agudezas sobre el ser latinoamericano, tampoco un muestrario erudito de lo más granado de la literatura hispanoamericana ni un disimulado manifiesto generacional. No hay en Bogotá 39 nada que recuerde la pesada solemnidad con que escritores y editores latinoamericanos se han tomado durante décadas el quehacer literario –por fortuna. Una foto de Mordzinski, el título de su correspondiente réplica escrita y luego el autorretrato. Tan sencillo –y tan ameno– como eso.

Pueden leer el texto completo aquí, en el blog de Cuadrivio.

Ramsés L.

Cuadrivio: la antesala de 2013

ClapboardCuadrivio es una revista que ha crecido y madurado pese a la pasmosa cantidad de cambios al interior de su equipo de trabajo. Si el ya considerable cúmulo de altas y bajas es algo negativo es cuestión que dejaré para otra ocasión. Por ahora quiero comentar los cambios más recientes en el consejo editorial y la revista, pilares de los planes para este 2013.

De Cuadrivio se han ido Irene Castro (una de las fundadoras de la revista) y Mercedes Hinojosa, quien trabajó en las secciones de política y artes. Llegaron Fernando Cruz y Arturo Canseco (para la sección proteico), Cynthia Fernández (para artes), Hipatia Argüero (para artes, también, aunque en la rama de cine) y Antonio Puente (para la sección de reseñas). La incorporación de Hipatia fue la última, y todo sucedió de manera muy espontánea, sin planeación previa. Pero me alegra, al igual que la incorporación del resto de los chicos. Hipatia es una chica con la que ya habíamos trabajado antes (fue una de las traductoras del “número irlandés”) y que tiene muchas ideas y propuestas refrescantes.

Precisamente, una de sus propuestas (y de Gabi, otra de las chicas del consejo editorial) fue crear una columna sobre cine en el blog de Cuadrivio y una subsección de idéntica temática en la edición principal. El sábado pasado (26 de enero) estrenamos la columna, titulada “Antesala”, con un bonito texto de Fernando Cruz sobre la fascinación que el cine ejerce en nosotros. Fue una excelente apertura, que funciona asimismo como preámbulo de lo que vendrá después.

“Antesala” albergará reseñas, recomendaciones, artículos de festivales y premiaciones y reflexiones sobre aspectos múltiples del cine (la tecnología, la historia, la teoría, etc.). Todos los géneros cinematográficos estarán presentes (incluido el cine “comercial”) y planeamos pasar de una actualización quincenal a una semanal. Pueden leer la primera entrega de la columna (“Sobre la fascinación del cine”) aquí.

La subsección de la edición principal, por su parte, será una rama de la sección de artes, y dará espacio a documentales (es decir, a producciones que podrán ver los lectores pinchando en los enlaces insertados a Vimeo o YouTube) y a ensayos críticos sobre diversos aspectos del cine. Yo estoy preparando un ensayo sobre ciertos elementos políticos y sociológicos que destacan en la trilogía de Batman de Christopher Nolan. Es algo ambicioso, pero espero que el resultado sea óptimo.

Será a mediados de abril cuando puedan disfrutar de la subsección en la edición principal, con la publicación del noveno número de Cuadrivio.

Ramsés L.

I’m back

© Lenagraphy
© Lenagraphy

Estoy de vuelta. Sé que nadie lee este blog, pero de cualquier manera escribiré como si alguien me leyera.

Les decía, pues, que estoy de vuelta. Me ausenté largo tiempo porque necesitaba terminar mi tesis y presentar mi examen de grado. Concluí esa investigación del demonio en septiembre del año pasado y presenté mi examen a finales de noviembre. Todo salió a pedir de boca. Fue, creo, una buena tesis de licenciatura, una sólida (aunque modesta, ¿a qué más puede aspirar un imberbe pasante?) investigación documental. La répilica oral no pudo ser mejor: los nervios me asfixiaban antes de entrar a la sala, pero desaparecieron por completo al comenzar la prueba y cedieron paso a un entusiasmo que por momentos se tornó en dicha y hasta en diversión. Me gustar hablar de lo que escribo y reflexiono. Y además había esperado mucho tiempo ese momento. Mi gozo era hasta cierto punto previsible.

Mi tesis se tituló Contrainsurgencia en América del Norte. Influjo de Estados Unidos en la guerra contra el EZLN y el EPR, 1994-2012, y actualmente está concursando en un certamen que organiza el CISAN de la UNAM para premiar las mejores tesis (de licenciatura, maestría y doctorado) sobre América del Norte. Creo que tengo posibilidades serias de ganar, si no ni me habría tomado la molestia de incribirme al concurso.

Si les interesa, pueden consultar mi tesis aquí. Está en la base de datos de TesiUNAM y di mi consentimiento para que la universidad hiciera universal el acceso a mi trabajo. Para mí no tiene ningún sentido ocultar los hallazgos de una investigación. Pronto enviaré también mi tesis al CEDEMA, donde le será de gran utilidad a los estudiosos de los conflictos armados y los movimientos revolucionarios en América Latina.

Ah, también inscribiré mi tesis al Premio Nacional Luis González y González a la mejor tesis de licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades, organizado por el Colegio de Michoacán. El registro concluye en marzo.

Obtener el grado era muy importante para mí. Lo de menos era el papelito que te dan -que no sirve para mucho, pues no hay empleo para titulados ni para no titulados. En realidad, titularme significaba concluir un ciclo y comenzar uno nuevo; dejar atrás la etapa del estudiante de licenciatura (quien no se titule sigue siendo, para efectos prácticos, un estudiante sobrevalorado) y pensar en nuevos horizontes. Tardé tanto en cerrar este ciclo que la tesis se había convertido en una pesada losa psicológica. Terminar fue como dar un largo suspiro, un suspiro de alivio, alegría y satisfacción.

Ahora que he he concluido, y que he pasado a una nueva etapa (la cual apenas adquiere forma), podré leer y escribir más cosas. Y entre los proyectos que quiero retomar esta este blog. Así que de ahora en adelante procuraré actualizar con mayor frecuencia este espacio.

Ramsés L.

Bane y The Dark Knight Rises en un año (personalmente) “revolucionario”

Curiosamente, la palabra “revolución” ha estado en el centro de mis reflexiones este año. Comencé el 2012 trabajando arduamente en una investigación que más tarde sería integrada en las obras completas de Ricardo Flores Magón, a publicarse el próximo octubre por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Durante cuatro meses me sumergí por completo en el pensamiento de Flores Magón (a través de sus textos publicados en Regeneración) y en las circunstancias nacionales e internacionales que rodearon su actividad revolucionaria. Ese trabajo se habría quedado en lo anecdótico de no ser porque descubrí, con gran asombro, que sólo el magonismo y el zapatismo hicieron los méritos suficientes para ser considerados proyectos auténticamente revolucionarios durante la llamada “revolución mexicana”, y que, en buena medida, los ganadores del conflicto (Carranza y su grupo) se opusieron a lo que Magón y Zapata propugnaban.

Al mismo tiempo, y todavía un poco después de concluida esa investigación, releí Los demonios, de Dostoyevski, una novela tan honda y compleja que unas cuantas líneas no bastarían siquiera para trazar una sinopsis. Un punto puedo destacar ahora, sin embargo: la novela reconstruye, en parte, un suceso histórico: el asesinato del joven Ivanov a manos de un grupúsculo revolucionario comandado ni nada más ni nada menos que por Sergei Nechayev, discípulo y agente de Mijail Bakunin y referente obligado del anarquismo revolucionario ruso. En la trama y los personajes de la novela hay una intensa y por momentos áspera diatriba contra lo que Dostoyevski concibe como una posesión demoniaca, a saber, la penetración del socialismo en Rusia y su degeneración en un abyecto nihilismo que, en los hechos –y no sólo en la teoría–, se manifiesta en algo muy parecido a lo que hoy entendemos como terrorismo.

Más tarde, durante la campaña presidencial de este año, viví muy de cerca el origen y ascenso del movimiento #YoSoy132, un fenómeno que, si bien no es en modo alguno revolucionario, sí representa uno de los momentos álgidos, en nuestra historia reciente, del descontento de la clase media en México (especialmente de la que aún se encuentra en las aulas universitarias o egresó de ellas hace poco) y de su negativa a resignarse a ser un actor marginal en la toma de decisiones políticas en México. El movimiento, a mi parecer, se ha ido desdibujando, y lo que vemos actualmente son simples estallidos de ira e indignación, legítimos y más que comprensibles, sin duda, pero carentes de todo plan de reforma o siquiera de una propuesta concreta y bien estructurada para terminar con la “manipulación mediática” que se denuncia. El nacimiento del #YoSoy132, sin embargo, generó tanto entusiasmo que no faltó –y no sin cierta dosis de razón– quien viera en él el advenimiento de la “primavera mexicana”, en consonancia con la “primavera árabe” que ha puesto en jaque a las dictaduras del Medio Oriente.

A esto habría que sumarle mi tesis (que tengo ya en la fase final de su elaboración), la cual trata, en esencia, de los sutiles mecanismos que las élites militares y políticas de México y Estados Unidos han echado a andar para impedir que los proyectos revolucionarios del EZLN y el EPR amenacen el statu quo en México y acaben con las estructuras que hacen posible el funcionamiento del capitalismo en América del Norte.

Y, finalmente, aunque desentone un poco, añadiría algo más: la última entrega de la saga de Batman de Christopher Nolan, The Dark Knight Rises. Un personaje destaca entre el resto, si bien su final es –en mi opinión– decepcionante: Bane. Como el Joker en la anterior entrega, Bane encarna, aunque sea sólo de manera parcial, una de las antítesis más repudiadas del liberalismo estadounidense: el fantasma de la revolución (el Joker era el del nihilismo y la anarquía). Lo que Bane realmente pretende llevar a cabo son los planes de la Liga de las Sombras, una secta de fanáticos redentoristas que creen hacerle un bien a la humanidad extirpando de golpe las ciudades que, en determinado momento de la historia, no representan sino la descomposición del género humano. Sin embargo, para dorarle la píldora a los habitantes de Gótica y hacer que su agonía sea más dolorosa, Bane disfraza sus propósitos de una revolución popular: defenestra a las autoridades (incluido Batman, a quien literalmente hace pedazos), denuncia las mentiras que le sirven como mitos para unir a la sociedad (el supuesto heroísmo de Harvey Dent) y proclama que han terminado los tiempos de la opresión (y para demostrarlo libera a los presos) y del dominio de unos cuantos sobre la gran masa sojuzgada y sin privilegios (para lo cual desencadena un saqueo masivo de las propiedades de los ricos e instituye tribunales populares que traen inmediatamente a la memoria los tribunales populares de la China de Mao Zedong). El mejor momento de la cinta –creo yo– llega cuando Bane se apodera de lo que parece ser el palacio de gobierno de Gótica y le dice a la gente que es momento de que el pueblo tome el control de la ciudad, de que es la hora de sacudirse el dominio de los poderosos y de que sea el pueblo, y no la mentirosa policía, quien imparta la justicia.

Bane, decía, tiene un final por demás patético: Batman y Selina Kyle –a quien todos fuera de pantalla llaman Gatúbela, pero que de hecho nunca es nombrada así en la cinta– lo derrotan en cinco minutos con un combate cuerpo a cuerpo y un vulgar balazo, pero lo interesante es otra cosa (no el inconsistente final, con un abnegado Batman escapando de un estallido nuclear): la visión que los estadounidenses –por más que Nolan sea inglés– se hacen de la revolución, a saber, la de la revolución como un fenómeno esencialmente perverso donde todo es maldad y mentira. Uno se sorprende al ver que las huestes de Bane están integradas por gente humilde (la gente que no tiene trabajo o encuentra una mejor oportunidad en el mundo subterráneo de Bane) pero también por reos y tipos sin escrúpulos cuya vestimenta es una evidente y estupenda reelaboración del look de los guerrilleros latinoamericanos y asiáticos del siglo XX (y si no me creen lean lo que ha dicho al respecto Lindy Hemming, diseñadora de vestuarios de la película). Más sorprendente aun es constatar que esos personajes no tienen voz, sólo armas y malas intenciones: nadie dentro del ejército de Bane tiene otro impulso que no sea el de la rapiña y el de la obediencia ciega al caudillo (¿les queda a estas alturas alguna duda de la crítica –o alusión accidental, para quienes no creen, o no les gusta, que en Hollywood también hay política e historia– que se hace a los regímenes o revoluciones socialistas?). Bane –y su camarada, Talia al Guhl– quieren hacer volar Gótica con una bomba, pero nunca se sabe –porque, ya lo decía, los sublevados no tienen voz, son meros peones– si sus seguidores estaban conscientes de ello pero habían recibido la promesa de supervivencia o si, en una forma más del engaño, estaban dispuestos a inmolar sus vidas en la pira del ideal revolucionario personificado por Bane.

No digo, por supuesto, que a esto se reduzca The Dark Knight Rises. Después de todo, el héroe es Batman y lo más importante de la cinta son él y su sacrificio (y la estupenda acción que recorre la película), pero aquí quería resaltar sólo el elemento “revolucionario” de la trama, y señalar, también, que la leyenda del Caballero Oscuro no existiría sin esos otros que simbolizan las antípodas de Batman (y de los valores del capitalismo occidental): el nihilismo terrorista del Joker y la revolución maligna de Ra’s al Ghul y Bane. Nolan hizo de Bane un caudillo revolucionario –y, debajo de él, un asesino implacable y artero–, un personaje digno de su trilogía, de los “villanos” que le precedieron y, por supuesto, del contradictorio, atribulado y memorable Batman que cree en la justicia antes que en la legalidad (otra antinomia incómoda para el ideario liberal de Occidente).

Un año, pues, muy “revolucionario”, de la manera más fortuita y fascinante, como pueden ver.

Ramsés L.

Postdata. Quiero ver The Dark Knight Rises en el cine otra vez. U otras dos veces.

Postdata 2. The Dark Knight es, para mí, mejor que The Dark Knight Rises. Es una película insuperable en su género. Ni Nolan pudo superarse.

Postdata 3. Anne Hathaway me dejó callado y boquiabierto.

Suplemento Vitamínico de Lectura: fin de un ciclo

Hoy concluye un ciclo del Suplemento Vitamínico de Lectura, proyecto que Diego Armando Arellano (colega y amigo mío) ideara a principios del año pasado para el blog de Cuadrivio. He escrito, por tanto, una pequeña nota con motivo de la última entrega del Suplemento. Ambas (nota y entrega) pueden leerse aquí.

Ramsés L.